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Así
comenzaba el relato de un chiquillo
romano: "Me despierto al
despuntar el día, llamo al esclavo, le hago abrir las ventanas,
cosas que él cumple al instante. Me incorporo, me siento en el
borde de la cama, y pido los calzones y los zapatos porque hace
frío. Apenas calzado, tomo una toalla que me han traído en el
acto. También me traen una jofaina con el agua para lavarme
..."
Es
evidente que este
colegial pertenece
a una familia rica
y se hace servir con esmero. Cuando ha terminado su aseo, reúne
los útiles para escribir y los entrega al esclavo para que éste
los lleve, y a continuación, seguido por su pedagogo
(instructor, ayo)
personal, se encamina hacia la escuela: "Mis compañeros salen a
mi encuentro, yo les saludo y ellos me corresponden. Llego ante
la escalera y subo los escalones con compostura.
Dejo
el manto (especie de capa)
en el vestíbulo, ordeno mis cabellos, entro y digo: "Salud,
maestro". Éste me abraza y me devuelve el saludo. El esclavo
me prepara la tablilla, la regla y
todo cuanto sirve para escribir...
He acabado de aprender la lección. Le pido al maestro que me
deje ir a casa para almorzar, y él me da su consentimiento. Le
digo: "Hasta después", y él me devuelve el saludo.

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