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A
las horas de tren, sobre la batahola
(jaleo, ruido)
apresurada de los viajeros flotaba siempre su
voz tremante
(temblante)
pregonando " -El
Correo.... -La Opinión, -El Heraldo... ¿Quién
los quiere? ... ".
Era
un viejecito menudo,
flaco, vivaz. Aguda inteligencia retozaba en sus
ojuelos. En el pardo oleaje del rostro arrugado
vagaba una risa entre socarrona y amarga,
dándole movilidad y expresión. No tenía
facciones secas, acartonadas y sarmentosas como
otros viejos, sino blandas aunque enjutas,
llenas de jugo, dóciles al gesto; la barba
prominente
(saliente, levantada)
y rotunda, purpúreos los labios, la nariz recia
y borbónica
(encorvada, como la nariz de los Borbones,
familia real española),
descarnadas las mejillas, morena y rojiza la
piel. Parecía una cabeza dibujada por Leonardo
da Vinci.
Vestía
traje de tela azul ultramar. Los zapatos eran de
lona, con punteras de badana
(piel),
el sombrero de paja tostada. Por debajo de la
faja, junto a la mano izquierda, llevaba los
periódicos a guisa
(a manera de)
de espadín. El chaleco desabotonado por arriba
descubría la camisa, muy blanca, y ésta, a su
vez, la camiseta de color crudo
(blanco amarillento).
Era pulquérrimo
(muy pulcro, muy limpio).
El mismo lavaba su ropa y encarecía con
deleitación
(satisfacción)
su aseo. Los días de lluvia alzaba las ferradas
almadreñas
(zuecos protegidos con hierros)
y abría su enorme paraguas verde con franjas
rojas y varillas doradas. |