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Una
mañanita
primaveral en una de esas praderas rebosantes de
tiernas matas, de frescas hierbas, de vistosas
flores y de aromáticos nectarios (glándulas de
las flores que segregan el néctar) es una
feria, una fiesta
a la que acuden innumerables criaturas vestidas
con las más caprichosas formas y los más
deslumbrantes colores.
Allí corren por
todos sitios graciosos escarabajos que despiden
destellos metálicos de toda clase de
irisaciones
(reflejos de luz), desde el grande e incansable
cárabo, de brillo maravilloso, hasta los más
pequeños e insignificantes bichillos de airosos
y, elegantes cuerpecitos, verdes y amarillos,
grises y granas, negros y azulados, que
patalean torpemente y se dan por satisfechos
cuando logran atrapar un granito de polen que se
cae del estambre o una gotita de rocío que se
desprende de los pétalos.
Con el zumbido de
las abejas grises y el merodear (andar de un
sitio a otro) de las avispas
multicolores de
transparentes alas se mezclan el metálico son
(sonido) de los zánganos y el
vibrante aleteo,
ya alto (agudo - referido al sonido del aleteo),
ya grave, de las alas de innumerables moscas de
formas variadísimas.
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