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En todo
el mundo existe una especie de mirones
que se agarran a las vallas de los solares
y siempre encuentran algo que ver por los agujeros que en la madera
dejan, como monóculos (anteojos, gafas de un solo
cristal) naturales, los nudos saltados.
Nada
más contagioso que el primero que se para y observa lo que sucede en el
solar vallado. Poco a poco se van prendiendo a esa clandestinidad
(secreto, ocultamiento) curiosa otros presentes y
se crea el coro del misterio callejero.
No se
puede prohibir ese fisgoneo en la libertad
de la calle, y más cuando lo no construido
no puede tener el hermetismo (impenetrabilidad)
respetable que sólo merece lo ya encerrado en su arquitectura.
¿Qué
pasa?, Nada. Probablemente un baño en el vacío con hierbajos, sólo una
suposición, pero a veces, que el solar abandonado hace tiempo, va a
comenzar a ser una señora casa, y los primeros obreros hurgan
(rebuscan) en sus cimientos lentos movimientos de
parturencia (parto), siendo en otras ocasiones lo
sensacional un nido de gatos o quizá un par de miserables que sin saber
que son vistos por tantas rendijas, hacen su primera toilette
(lavabo, cuarto de baño) del día.
Los que miran se acercan a
la valla y no dejan suponer lo que ven.
El mirar por una valla
tiene su ritual
(rito, sagrado, misterio) obligatorio, mucho
apegamiento al maderamen (conjunto de maderas)
ningún aspaviento (movimientos de sorpresa o asombro),
largo mirar como si estuviesen solos.
Los
mirones de vallas no pueden traslucir lo que ven. Es un hallazgo, tanto
del primero como del último que se ha puesto a mirar. |