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- ¡ Isolina Navarro ! - llamaba la maestra. Me paraba. Era yo. Veintiséis ojos se volvían a mí, malevolentes (que la querían mal): aguantaban las risas, se veía que cuchicheaban comentando mi aire (aspecto). ¡ Con qué ironía observaban el vestido escocés que yo llevaba puesto, mi gran moño, mis ojos abultados en los párpados, la roja melena crespa (rizada) que se alzaba de mi cabeza como llamarada !. Me encontraban ridícula. Sabía que de las catorce alumnas era yo la más horrible, con mis piernas flacas, mi cara en forma de alcuza (aceitera, botijo) algo moteada (salpicada, manchada) de pecas doradas y de un vello rubio. Sobre mis cuadernos rosa mi caligrafía era perfecta: perfecto el enlace rumboso de las letras y las grandes guirnaldas (adornos, trazos retorcidos) de mayúsculas, pues yo deseaba alcanzar en esos rasgos la belleza voluntaria que a mí me estaba en mi propio ser vedada (prohibida). En mis libros, mi nombre aquí y allá estaba escrito con la letra ojival (líneas formando arcos entrecruzados) de los notarios. Una compañera no benigna escribió una vez debajo de mi nombre en la carpeta de botánica, donde yo pegaba las hojas de las plantas lanceoladas, dentadas, auriculares, tres insultos consonantes (palabras con el mismo sonido, que riman): picuda, crespuda, orejuda; ante la señorita la acusé, agitada; le dieron una seria penitencia: de espaldas al pizarrón la ví de pie una hora entera. |
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