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-A
LEON WERTH
Pido perdón a
los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor. Tengo una
seria excusa: esta persona mayor es el mejor amigo que tengo en el
mundo. Pero tengo otra excusa: esta persona mayor es capaz de
comprenderlo todo, incluso los libros para niños. Tengo una tercera
excusa todavía: esta persona mayor vive en Francia, donde pasa hambre y
frío. Tiene, por consiguiente, una gran necesidad de ser consolada. Si
no fueran suficientes todas esas razones, quiero entonces dedicar este
libro al niño que fue hace tiempo esta persona mayor. Todas las
personas mayores antes han sido niños. (Pero pocas de ellas lo
recuerdan). Corrijo, por consiguiente, mi dedicatoria:
A LEÓN WERTH
cuando era
niño
Viví así,
solo, nadie con quien poder hablar verdaderamente, hasta cuando hace
seis años tuve una avería en el desierto de Sahara. Algo se había
estropeado en el motor. Como no llevaba conmigo ni mecánico ni pasajero
alguno, me dispuse a realizar, yo solo, una reparación difícil. Era
para mí una cuestión de vida o muerte, pues apenas tenía agua de
beber para ocho días.
La primera
noche me dormí sobre la arena, a unas mil millas de distancia del lugar
habitado más próximo. Estaba más aislado que un náufrago en una
balsa en medio del océano. Imagínense, pues, mi sorpresa cuando al
amanecer me despertó una extraña vocecita que decía:
- ¡Por
favor... píntame un cordero!
-¿Eh?
-¡Píntame un
cordero!
Me puse en pie
de un salto como herido por el rayo. Me froté los ojos. Miré a mi
alrededor. Vi a un extraordinario muchachito que me miraba gravemente.
Ahí tienen el mejor retrato que más tarde logré hacer de él, aunque
mi dibujo, ciertamente es menos encantador que el modelo. Pero no es
mía la culpa. Las personas mayores me desanimaron de mi carrera de
pintor a la edad de seis años y no había aprendido a dibujar otra cosa
que boas cerradas y boas abiertas.
Miré,
pues, aquella aparición con los ojos redondos de admiración. No hay
que olvidar que me encontraba a unas mil millas de distancia del lugar
habitado más próximo. Y ahora bien, el muchachito no me parecía ni
perdido, ni muerto de cansancio, de hambre, de sed o de miedo. No tenía
en absoluto la apariencia de un niño perdido en el desierto, a mil
millas de distancia del lugar habitado más próximo. Cuando logré, por
fin, articular palabra, le dije:
- Pero…
¿qué haces tú por aquí?
Y él
respondió entonces, suavemente, como algo muy importante:
-¡Por favor…
píntame un cordero!
Cuando el
misterio es demasiado impresionante, es imposible desobedecer. Por
absurdo que aquello me pareciera, a mil millas de distancia de todo
lugar habitado y en peligro de muerte, saqué de mi bolsillo una hoja de
papel y una pluma fuente. Recordé que yo había estudiado especialmente
geografía, historia, cálculo y gramática y le dije al muchachito (ya
un poco malhumorado), que no sabía dibujar.
- No importa -
me respondió-, píntame un cordero!
Como nunca
había dibujado un cordero, rehice para él uno de los dos únicos
dibujos que yo era capaz de realizar: el de la serpiente boa cerrada. Y
quedé estupefacto cuando oí decir al hombrecito:
- ¡No, no! Yo
no quiero un elefante en una serpiente. La serpiente es muy peligrosa y
el elefante ocupa mucho sitio. En mi tierra es todo muy pequeño.
Necesito un cordero. Píntame un cordero.
Dibujé un
cordero. Lo miró atentamente y dijo:
-¡No!
Este está ya muy enfermo. Haz otro.
Volví a
dibujar.
Mi amigo
sonrió dulcemente, con indulgencia.
-¿Ves? Esto no
es un cordero, es un carnero. Tiene cuernos…
Rehice
nuevamente mi dibujo: fue rechazado igual que los anteriores.
-Este es
demasiado viejo. Quiero un cordero que viva mucho tiempo.
Falto ya de
paciencia y deseoso de comenzar a desmontar el motor, garrapateé
rápidamente este dibujo, se lo enseñé, y le agregué:
-Esta es la
caja. El cordero que quieres está adentro. Con gran sorpresa mía el
rostro de mi joven juez se iluminó:
-¡Así es como
yo lo quería! ¿Crees que sea necesario mucha hierba para este cordero?
-¿Por qué?
-Porque en mi
tierra es todo tan pequeño…
Se inclinó
hacia el dibujo y exclamó:
-¡Bueno, no
tan pequeño…! Está dormido…
Y así fue como
conocí al principito.
II
Me costó mucho
tiempo comprender de dónde venía. El principito, que me hacía muchas
preguntas, jamás parecía oír las mías. Fueron palabras pronunciadas
al azar, las que poco a poco me revelaron todo. Así, cuando distinguió
por vez primera mi avión (no dibujaré mi avión, por tratarse de un
dibujo demasiado complicado para mí) me preguntó:
-¿Qué cosa es
esa?
-Eso no es una
cosa. Eso vuela. Es un avión, mi avión.
Me sentía
orgulloso al decirle que volaba. El entonces gritó:
-¡Cómo! ¿Has
caído del cielo?
-Sí -le dije
modestamente.
-¡Ah, qué
curioso!
Y el principito
lanzó una graciosa carcajada que me irritó mucho. Me gusta que mis
desgracias se tomen en serio. Y añadió:
-Entonces ¿tú
también viene Is del cielo? ¿De qué planeta eres tú?
Divisé una luz
en el misterio de su presencia y le pregunté bruscamente:
-¿Tú vienes,
pues, de otro planeta?
Pero no me
respondió; movía lentamente la cabeza mirando detenidamente mi avión.
-Es cierto,
que, encima de eso, no puedes venir de muy lejos…
Y se hundió en
un ensueño durante largo tiempo. Luego sacando de su bolsillo mi
cordero se abismó en la contemplación de su tesoro.
Imagínense
cómo me intrigó esta semiconfidencia sobre los otros planetas. Me
esforcé, pues, en saber algo más:
-¿De dónde
vienes, muchachito? ¿Dónde está "tu casa"? ¿Dónde quieres
llevarte mi cordero?
Después de
meditar silenciosamente me respondió:
-Lo bueno de la
caja que me has dado es que por la noche le servirá de casa. -Sin duda.
Y si eres bueno te daré también una cuerda y una estaca para atarlo
durante el día.
Esta
proposición pareció chocar al principito.
-¿Atarlo?
¡Qué idea más rara!
-Si no lo atas,
se irá quién sabe dónde y se perderá…
Mi amigo soltó
una nueva carcajada.
-¿Y dónde
quieres que vaya?
-No sé, a
cualquier parte. Derecho camino adelante…
Entonces el
principito señaló con gravedad:
-¡No importa,
es tan pequeña mi tierra!
Y agregó,
quizás, con un poco de melancolía:
-Derecho,
camino adelante… no se puede ir muy lejos.
De esta manera
supe una segunda cosa muy importante: su planeta de origen era apenas
más grande que una casa.
Esto no podía
asombrarme mucho. Sabía muy bien que aparte de los grandes planetas
como la Tierra, Júpiter, Marte, Venus, a los cuales se les ha dado
nombre, existen otros centenares de ellos tan pequeños a veces, que es
difícil distinguirlos aun con la ayuda del telescopio. Cuando un
astrónomo descubre uno de estos planetas, le da por nombre un número.
Le llama, por ejemplo, "el asteroide 3251".
Tengo poderosas
razones para creer que el planeta del cual venía el principito era el
asteroide B 612. Este asteroide ha sido visto sólo una vez con el
telescopio en 1909, por un astrónomo turco.
Este astrónomo
hizo una gran demostración de su descubrimiento en un Congreso
Internacional de Astronomía. Pero nadie le creyó a causa de su manera
de vestir. Las personas mayores son así. Felizmente para la reputación
del asteroide B 612, un dictador turco impuso a su pueblo, bajo pena de
muerte, el vestido a la europea. Entonces el astrónomo volvió a dar
cuenta de su descubrimiento en 1920 y como lucía un traje muy elegante,
todo el mundo aceptó su demostración.
Si les he
contado de todos estos detalles sobre el asteroide B 612 y hasta les he
confiado su número, es por consideración a las personas mayores. A los
mayores les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo,
jamás preguntan sobre lo esencial del mismo. Nunca se les ocurre
preguntar: "¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le
gusta coleccionar mariposas?". Pero en cambio preguntan:
"¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto
gana su padre?". Solamente con estos detalles creen conocerle. Si
les decimos a las personas mayores: "He visto una casa preciosa de
ladrillo rosa, con geranios en las ventanas y palomas en el
tejado", jamás llegarán a imaginarse cómo es esa casa. Es
preciso decirles: "He visto una casa que vale cien mil pesos".
Entonces exclaman entusiasmados: "¡Oh, qué preciosa es!".
De tal manera,
si les decimos: "La prueba de que el principito ha existido está
en que era un muchachito encantador, que reía y quería un cordero.
Querer un cordero es prueba de que se existe", las personas mayores
se encogerán de hombros y nos dirán que somos unos niños. Pero si les
decimos: "el planeta de donde venía el principito era el asteroide
B 612", quedarán convencidas y no se preocuparán de hacer más
preguntas. Son así. No hay por qué guardarles rencor. Los niños deben
ser muy indulgentes con las personas mayores.
Pero nosotros,
que sabemos comprender la vida, nos burlamos tranquilamente de los
números. A mí me habría gustado más comenzar esta historia a la
manera de los cuentos de hadas. Me habría gustado decir:
"Era una
vez un principito que habitaba un planeta apenas más grande que él y
que tenía necesidad de un amigo…" Para aquellos que comprenden
la vida, esto hubiera parecido más real.
Porque no me
gusta que mi libro sea tomado a la ligera. Siento tanta pena al contar
estos recuerdos. Hace ya seis años que mi amigo se fue con su cordero.
Y si intento describirlo aquí es sólo con el fin de no olvidarlo. Es
muy triste olvidar a un amigo. No todos han tenido un amigo. Y yo puedo
llegar a ser como las personas mayores, que sólo se interesan por las
cifras. Para evitar esto he comprado una caja de lápices de colores.
¡Es muy duro, a mi edad, ponerse a aprender a dibujar, cuando en toda
la vida no se ha hecho otra tentativa que la de una boa abierta y una
boa cerrada a la edad de seis años! Ciertamente que yo trataré de
hacer retratos lo más parecido posibles, pero no estoy muy seguro de
lograrlo. Uno saldrá bien y otro no tiene parecido alguno. En las
proporciones me equivoco también un poco. Aquí el principito es
demasiado grande y allá es demasiado pequeño. Dudo también sobre el
color de su traje. Titubeo sobre esto y lo otro y unas veces sale bien y
otras mal. Es posible, en fin, que me equivoque sobre ciertos detalles
muy importantes. Pero habrá que perdonármelo ya que mi amigo no me
daba nunca muchas explicaciones. Me creía semejante a sí mismo y yo,
desgraciadamente, no sé ver un cordero a través de una caja. Es
posible que yo sea un poco como las personas mayores. He debido
envejecer.
Cada día yo
aprendía algo nuevo sobre el planeta, sobre la partida y sobre el
viaje. Esto venía suavemente al azar de las reflexiones. De esta manera
tuve conocimiento al tercer día, del drama de los baobabs.
Fue también
gracias al cordero y como preocupado por una profunda duda, cuando el
principito me preguntó:
-¿Es verdad
que los corderos se comen los arbustos?
-Sí, es
cierto.
-¡Ah, qué
contesto estoy!
No comprendí
por qué era tan importante para él que los corderos se comieran los
arbustos. Pero el principito añadió:
-Entonces se
comen también los baobabs.
Le hice
comprender al principito que los baobabs no son arbustos, sino árboles
tan grandes como iglesias y que incluso si llevase consigo todo un
rebaño de elefantes, el rebaño no lograría acabar con un solo baobab.
Esta idea del
rebaño de elefantes hizo reír al principito.
-Habría que
poner los elefantes unos sobre otros…
Y luego
añadió juiciosamente:
-Los baobabs,
antes de crecer, son muy pequeñitos.
-Es cierto.
Pero ¿por qué quieres que tus corderos coman los baobabs?
Me contestó:
"¡Bueno! ¡Vamos!" como si hablara de una evidencia. Me fue
necesario un gran esfuerzo de inteligencia para comprender por mí mismo
este problema.
En efecto, en
el planeta del principito había, como en todos los planetas, hierbas
buenas y hierbas malas. Por consiguiente, de buenas semillas salían
buenas hierbas y de las semillas malas, hierbas malas. Pero las semillas
son invisibles; duermen en el secreto de la tierra, hasta que un buen
día una de ellas tiene la fantasía de despertarse. Entonces se alarga
extendiendo hacia el sol, primero tímidamente, una encantadora ramita
inofensiva. Si se trata de una ramita de rábano o de rosal, se la puede
dejar que crezca como quiera. Pero si se trata de una mala hierba, es
preciso arrancarla inmediatamente en cuanto uno ha sabido reconocerla.
En el planeta del principito había semillas terribles… como las
semillas del baobab. El suelo del planeta está infestado de ellas. Si
un baobab no se arranca a tiempo, no hay manera de desembarazarse de él
más tarde; cubre todo el planeta y lo perfora con sus raíces. Y si el
planeta es demasiado pequeño y los baobabs son numerosos, lo hacen
estallar.
"Es una
cuestión de disciplina, me decía más tarde el principito. Cuando por
la mañana uno termina de arreglarse, hay que hacer cuidadosamente la
limpieza del planeta. Hay que dedicarse regularmente a arrancar los
baobabs, cuando se les distingue de los rosales, a los cuales se parecen
mucho cuando son pequeñitos. Es un trabajo muy fastidioso pero muy
fácil".
Y un día me
aconsejó que me dedicara a realizar un hermoso dibujo, que hiciera
comprender a los niños de la tierra estas ideas. "Si alguna vez
viajan, me decía, esto podrá servirles mucho. A veces no hay
inconveniente en dejar para más tarde el trabajo que se ha de hacer;
pero tratándose de baobabs, el retraso es siempre una catástrofe. Yo
he conocido un planeta, habitado por un perezoso que descuidó tres
arbustos…"
Siguiendo las
indicaciones del principito, dibujé dicho planeta. Aunque no me gusta
el papel de moralista, el peligro de los baobabs es tan desconocido y
los peligros que puede correr quien llegue a perderse en un asteroide
son tan grandes, que no vacilo en hacer una excepción y exclamar:
"¡Niños, atención a los baobabs!" Y sólo con el fin de
advertir a mis amigos de estos peligros a que se exponen desde hace ya
tiempo sin saberlo, es por lo que trabajé y puse tanto empeño en
realizar este dibujo. La lección que con él podía dar, valía la
pena. Es muy posible que alguien me pregunte por qué no hay en este
libro otros dibujos tan grandiosos como el dibujo de los baobabs. La
respuesta es muy sencilla: he tratado de hacerlos, pero no lo he
logrado. Cuando dibujé los baobabs estaba animado por un sentimiento de
urgencia.
VI
¡Ah,
principito, cómo he ido comprendiendo lentamente tu vida melancólica!
Durante mucho tiempo tu única distracción fue la suavidad de las
puestas de sol. Este nuevo detalle lo supe al cuarto día, cuando me
dijiste:
-Me gustan
mucho las puestas de sol; vamos a ver una puesta de sol…
-Tendremos que
esperar…
-¿Esperar
qué?
-Que el sol se
ponga.
Pareciste muy
sorprendido primero, y después te reíste de ti mismo. Y me dijiste:
-Siempre me
creo que estoy en mi tierra.
En efecto, como
todo el mundo sabe, cuando es mediodía en Estados Unidos, en Francia se
está poniendo el sol. Sería suficiente poder trasladarse a Francia en
un minuto para asistir a la puesta del sol, pero desgraciadamente
Francia está demasiado lejos. En cambio, sobre tu pequeño planeta te
bastaba arrastrar la silla algunos pasos para presenciar el crepúsculo
cada vez que lo deseabas…
-¡Un día vi
ponerse el sol cuarenta y tres veces!
Y un poco más
tarde añadiste:
-¿Sabes?
Cuando uno está verdaderamente triste le gusta ver las puestas de sol.
-El día que la
viste cuarenta y tres veces estabas muy triste ¿verdad?
Pero el
principito no respondió.
VII
Al quinto día
y también en relación con el cordero, me fue revelado este otro
secreto de la vida del principito. Me preguntó bruscamente y sin
preámbulo, como resultado de un problema largamente meditado en
silencio:
-Si un cordero
se come los arbustos, se comerá también las flores ¿no?
-Un cordero se
come todo lo que encuentra.
-¿Y también
las flores que tienen espinas?
-Sí; también
las flores que tienen espinas.
-Entonces,
¿para qué le sirven las espinas?
Confieso que no
lo sabía. Estaba yo muy ocupado tratando de destornillar un perno
demasiado apretado del motor; la avería comenzaba a parecerme cosa
grave y la circunstancia de que se estuviera agotando mi provisión de
agua, me hacía temer lo peor.
-¿Para qué
sirven las espinas?
El principito
no permitía nunca que se dejara sin respuesta una pregunta formulada
por él. Irritado por la resistencia que me oponía el perno, le
respondí lo primero que se me ocurrió:
-Las espinas no
sirven para nada; son pura maldad de las flores.
-¡Oh!
Y después de
un silencio, me dijo con una especie de rencor:
-¡No te creo!
Las flores son débiles. Son ingenuas. Se defienden como pueden. Se
creen terribles con sus espinas…
No le respondí
nada; en aquel momento me estaba diciendo a mí mismo: "Si este
perno me resiste un poco más, lo haré saltar de un martillazo".
El principito me interrumpió de nuevo mis pensamientos:
-¿Tú crees
que las flores…?
-¡No, no creo
nada! Te he respondido cualquier cosa para que te calles. Tengo que
ocuparme de cosas serias.
Me miró
estupefacto.
-¡De cosas
serias!
Me miraba con
mi martillo en la mano, los dedos llenos de grasa e inclinado sobre algo
que le parecía muy feo.
-¡Hablas como
las personas mayores!
Me avergonzó
un poco. Pero él, implacable, añadió:
-¡Lo confundes
todo…todo lo mezclas…!
Estaba
verdaderamente irritado; sacudía la cabeza, agitando al viento sus
cabellos dorados.
-Conozco un
planeta donde vive un señor muy colorado, que nunca ha olido una flor,
ni ha mirado una estrella y que jamás ha querido a nadie. En toda su
vida no ha hecho más que sumas. Y todo el día se lo pasa repitiendo
como tú: "¡Yo soy un hombre serio, yo soy un hombre serio!"…
Al parecer esto le llena de orgullo. Pero eso no es un hombre, ¡es un
hongo!
-¿Un qué?
-Un hongo.
Estaba
verdaderamente irritado; sacudía la cabeza, agitando al viento sus
cabellos dorados.
-Conozco un
planeta donde vive un señor muy colorado, que nunca ha olido una flor,
ni ha mirado una estrella y que jamás ha querido a nadie. En toda su
vida no ha hecho más que sumas. Y todo el día se lo pasa repitiendo
como tú: "¡Yo soy un hombre serio, yo soy un hombre serio!"…
Al parecer esto le llena de orgullo. Pero eso no es un hombre, ¡es un
hongo!
-¿Un qué?
-Un hongo.
El principito
estaba pálido de cólera.
-Hace millones
de años que las flores tiene espinas y hace también millones de años
que los corderos, a pesar de las espinas, se comen las flores. ¿Es que
no es cosa seria averiguar por qué las flores pierden el tiempo
fabricando unas espinas que no les sirven para nada? ¿Es que no es
importante la guerra de los corderos y las flores? ¿No es esto más
serio e importante que las sumas de un señor gordo y colorado? Y si yo
sé de una flor única en el mundo y que no existe en ninguna parte más
que en mi planeta; si yo sé que un buen día un corderillo puede
aniquilarla sin darse cuenta de ello, ¿es que esto no es importante?
El principito
enrojeció y después continuó:
-Si alguien ama
a una flor de la que sólo existe un ejemplar en millones y millones de
estrellas, basta que las mire para ser dichoso. Puede decir satisfecho:
"Mi flor está allí, en alguna parte…" ¡Pero si el cordero
se la come, para él es como si de pronto todas las estrellas se
apagaran! ¡Y esto no es importante!
No pudo decir
más y estalló bruscamente en sollozos.
La noche había
caído. Yo había soltado las herramientas y ya no importaban nada el
martillo, el perno, la sed y la muerte. ¡Había en una estrella, en un
planeta, el mío, la Tierra, un principito a quien consolar! Lo tomé en
mis brazos y lo mecí diciéndole: "la flor que tú quieres no
corre peligro… te dibujaré un bozal para tu cordero y una armadura
para la flor…te…". No sabía qué decirle, cómo consolarle y
hacer que tuviera nuevamente confianza en mí; me sentía torpe. ¡Es
tan misterioso el país de las lágrimas!
VIII
Aprendí bien
pronto a conocer mejor esta flor. Siempre había habido en el planeta
del principito flores muy simples adornadas con una sola fila de
pétalos que apenas ocupaban sitio y a nadie molestaban. Aparecían
entre la hierba una mañana y por la tarde se extinguían. Pero aquella
había germinado un día de una semilla llegada de quién sabe dónde, y
el principito había vigilado cuidadosamente desde el primer día
aquella ramita tan diferente de las que él conocía. Podía ser una
nueva especie de baobab. Pero el arbusto cesó pronto de crecer y
comenzó a echar su flor. El principito observó el crecimiento de un
enorme capullo y tenía le convencimiento de que habría de salir de
allí una aparición milagrosa; pero la flor no acababa de preparar su
belleza al abrigo de su envoltura verde. Elegía con cuidado sus
colores, se vestía lentamente y se ajustaba uno a uno sus pétalos. No
quería salir ya ajada como las amapolas; quería aparecer en todo el
esplendor de su belleza. ¡Ah, era muy coqueta aquella flor! Su
misteriosa preparación duraba días y días. Hasta que una mañana,
precisamente al salir el sol se mostró espléndida.
La flor, que
había trabajado con tanta precisión, dijo bostezando:
-¡Ah,
perdóname… apenas acabo de despertarme… estoy toda despeinada…!
El principito
no pudo contener su admiración:
-¡Qué hermosa
eres!
-¿Verdad?
-respondió dulcemente la flor-. He nacido al mismo tiempo que el sol.
El principito adivinó exactamente que ella no era muy modesta
ciertamente, pero ¡era tan conmovedora!
-Me parece que
ya es hora de desayunar - añadió la flor -; si tuvieras la bondad de
pensar un poco en mí...
Y el
principito, muy confuso, habiendo ido a buscar una regadera la roció
abundantemente con agua fresca.
Y así, ella lo
había atormentado con su vanidad un poco sombría. Un día, por
ejemplo, hablando de sus cuatro espinas, dijo al principito:
-¡Ya pueden
venir los tigres, con sus garras!
-No hay tigres
en mi planeta -observó el principito- y, además, los tigres no comen
hierba.
-Yo no soy una
hierba -respondió dulcemente la flor.
-Perdóname...
-No temo a los
tigres, pero tengo miedo a las corrientes de aire. ¿No tendrás un
biombo?
"Miedo a
las corrientes de aire no es una suerte para una planta -pensó el
principito-. Esta flor es demasiado complicada…"
-Por la noche
me cubrirás con un fanal… hace mucho frío en tu tierra. No se está
muy a gusto; allá de donde yo vengo…
La flor se
interrumpió; había llegado allí en forma de semilla y no era posible
que conociera otros mundos. Humillada por haberse dejado sorprender
inventando un mentira tan ingenua, tosió dos o tres veces para atraerse
la simpatía del principito.
-¿Y el biombo?
-Iba a
buscarlo, pero como no dejabas de hablarme…
Insistió en su
tos para darle al menos remordimientos.
De esta
manera el principito, a pesar de la buena voluntad de su amor, había
llegado a dudar de ella. Había tomado en serio palabras sin importancia
y se sentía desgraciado.
"Yo no
debía hacerle caso -me confesó un día el principito- nunca hay que
hacer caso a las flores, basta con mirarlas y olerlas. Mi flor
embalsamaba el planeta, pero yo no sabía gozar con eso… Aquella
historia de garra y tigres que tanto me molestó, hubiera debido
enternecerme".
Y me contó
todavía:
"¡No supe
comprender nada entonces! Debí juzgarla por sus actos y no por sus
palabras. ¡La flor perfumaba e iluminaba mi vida y jamás debí huir de
allí! ¡No supe adivinar la ternura que ocultaban sus pobres astucias!
¡Son tan contradictorias las flores! Pero yo era demasiado joven para
saber amarla".
IX
Creo que el
principito aprovechó la migración de una bandada de pájaros
silvestres para su evasión. La mañana de la partida, puso en orden el
planeta. Deshollinó cuidadosamente sus volcanes en actividad, de los
cuales poseía dos, que le eran muy útiles para calentar el desayuno
todas las mañanas. Tenía, además, un volcán extinguido. Deshollinó
también el volcán extinguido, pues, como él decía, nunca se sabe lo
que puede ocurrir. Si los volcanes están bien deshollinados, arden sus
erupciones, lenta y regularmente. Las erupciones volcánicas son como el
fuego de nuestras chimeneas. Es evidente que en nuestra Tierra no hay
posibilidad de deshollinar los volcanes; los hombres somos demasiado
pequeños. Por eso nos dan tantos disgustos.
El principito
arrancó también con un poco de melancolía los últimos brotes de
baobabs. Creía que no iba a volver nunca. Pero todos aquellos trabajos
le parecieron aquella mañana extremadamente dulces. Y cuando regó por
última vez la flor y se dispuso a ponerla al abrigo del fanal, sintió
ganas de llorar.
-Adiós -le
dijo a la flor. Esta no respondió.
-Adiós
-repitió el principito.
La flor tosió,
pero no porque estuviera resfriada.
-He sido una
tonta -le dijo al fin la flor-. Perdóname. Procura ser feliz.
Se sorprendió
por la ausencia de reproches y quedó desconcertado, con el fanal en el
aire, no comprendiendo esta tranquila mansedumbre.
-Sí, yo te
quiero -le dijo la flor-, ha sido culpa mía que tú no lo sepas; pero
eso no tiene importancia. Y tú has sido tan tonto como yo. Trata de ser
feliz. . . Y suelta de una vez ese fanal; ya no lo quiero.
-Pero el
viento...
-No estoy tan
resfriada como para... El aire fresco de la noche me hará bien. Soy una
flor.
-Y los
animales...
-Será
necesario que soporte dos o tres orugas, si quiero conocer las
mariposas; creo que son muy hermosas. Si no ¿quién vendrá a
visitarme? Tú estarás muy lejos. En cuanto a las fieras, no las temo:
yo tengo mis garras.
Y le mostraba
ingenuamente sus cuatro espinas. Luego añadió:
-Y no
prolongues más tu despedida. Puesto que has decidido partir, vete de
una vez.
La flor no
quería que la viese llorar : era tan orgullosa...
X
Se encontraba
en la región de los asteroides 325, 326, 327, 328, 329 y 330. Para
ocuparse en algo e instruirse al mismo tiempo decidió visitarlos.
El primero
estaba habitado por un rey. El rey, vestido de púrpura y armiño,
estaba sentado sobre un trono muy sencillo y, sin embargo, majestuoso.
-¡Ah,
-exclamó el rey al divisar al principito-, aquí tenemos un súbdito!
El principito
se preguntó:
"¿Cómo
es posible que me reconozca si nunca me ha visto?"
Ignoraba que
para los reyes el mundo está muy simplificado. Todos los hombres son
súbditos.
-Aproxímate
para que te vea mejor -le dijo el rey, que estaba orgulloso de ser por
fin el rey de alguien. El principito buscó donde sentarse, pero el
planeta estaba ocupado totalmente por el magnífico manto de armiño. Se
quedó, pues, de pie, pero como estaba cansado, bostezó.
-La etiqueta no
permite bostezar en presencia del rey -le dijo el monarca-. Te lo
prohíbo.
-No he podido
evitarlo -respondió el principito muy confuso-, he hecho un viaje muy
largo y apenas he dormido...
-Entonces -le
dijo el rey- te ordeno que bosteces. Hace años que no veo bostezar a
nadie. Los bostezos son para mí algo curioso. ¡Vamos, bosteza otra
vez, te lo ordeno!
-Me da
vergüenza... ya no tengo ganas... -dijo el principito enrojeciendo.
-¡Hum, hum!
-respondió el rey-. ¡Bueno! Te ordeno tan pronto que bosteces y que no
bosteces...
Tartamudeaba
un poco y parecía vejado, pues el rey daba gran importancia a que su
autoridad fuese respetada. Era un monarca absoluto, pero como era muy
bueno, daba siempre órdenes razonables.
Si yo ordenara
-decía frecuentemente-, si yo ordenara a un general que se transformara
en ave marina y el general no me obedeciese, la culpa no sería del
general, sino mía".
-¿Puedo
sentarme? -preguntó tímidamente el principito.
-Te ordeno
sentarte -le respondió el rey-, recogiendo majestuosamente un faldón
de su manto de armiño.
El principito
estaba sorprendido. Aquel planeta era tan pequeño que no se explicaba
sobre quién podría reinar aquel rey.
-Señor -le
dijo-, perdóneme si le pregunto...
-Te ordeno que
me preguntes -se apresuró a decir el rey.
-Señor. . .
¿sobre qué ejerce su poder?
-Sobre todo
-contestó el rey con gran ingenuidad.
-¿Sobre todo?
El rey, con un
gesto sencillo, señaló su planeta, los otros planetas y las estrellas.
-¿Sobre todo
eso? -volvió a preguntar el principito.
-Sobre todo
eso. . . -respondió el rey.
No era sólo un
monarca absoluto, era, además, un monarca universal.
-¿Y las
estrellas le obedecen?
-¡Naturalmente!
-le dijo el rey-. Y obedecen en seguida, pues yo no tolero la
indisciplina.
Un poder
semejante dejó maravillado al principito. Si él disfrutara de un poder
de tal naturaleza, hubiese podido asistir en el mismo día, no a
cuarenta y tres, sino a setenta y dos, a cien, o incluso a doscientas
puestas de sol, sin tener necesidad de arrastrar su silla. Y como se
sentía un poco triste al recordar su pequeño planeta abandonado, se
atrevió a solicitar una gracia al rey:
-Me gustaría
ver una puesta de sol... Déme ese gusto... Ordénele al sol que se
ponga...
-Si yo le diera
a un general la orden de volar de flor en flor como una mariposa, o de
escribir una tragedia, o de transformarse en ave marina y el general no
ejecutase la orden recibida ¿de quién sería la culpa, mía o de él?
-La culpa
sería de usted -le dijo el principito con firmeza.
-Exactamente.
Sólo hay que pedir a cada uno, lo que cada uno puede dar -continuó el
rey. La autoridad se apoya antes que nada en la razón. Si ordenas a tu
pueblo que se tire al mar, el pueblo hará la revolución. Yo tengo
derecho a exigir obediencia, porque mis órdenes son razonables.
-¿Entonces mi
puesta de sol? -recordó el principito, que jamás olvidaba su pregunta
una vez que la había formulado.
-Tendrás tu
puesta de sol. La exigiré. Pero, según me dicta mi ciencia gobernante,
esperaré que las condiciones sean favorables.
-¿Y cuándo
será eso?
-¡Ejem, ejem!
-le respondió el rey, consultando previamente un enorme calendario-, ¡ejem,
ejem! será hacia... hacia... será hacia las siete cuarenta. Ya verás
cómo se me obedece.
El principito
bostezó. Lamentaba su puesta de sol frustrada y además se estaba
aburriendo ya un poco.
-Ya no tengo
nada que hacer aquí -le dijo al rey-. Me voy.
-No partas -le
respondió el rey que se sentía muy orgulloso de tener un súbdito-, no
te vayas y te hago ministro.
-¿Ministro de
qué?
-¡De... de
justicia!
-¡Pero si
aquí no hay nadie a quien juzgar!
-Eso no se sabe
-le dijo el rey-. Nunca he recorrido todo mi reino. Estoy muy viejo y el
caminar me cansa. Y como no hay sitio para una carroza...
-¡Oh! Pero yo
ya he visto. . . -dijo el principito que se inclinó para echar una
ojeada al otro lado del planeta-. Allá abajo no hay nadie tampoco. .
-Te juzgarás a
ti mismo -le respondió el rey-. Es lo más difícil. Es mucho más
difícil juzgarse a sí mismo, que juzgar a los otros. Si consigues
juzgarte rectamente es que eres un verdadero sabio.
-Yo puedo
juzgarme a mí mismo en cualquier parte y no tengo necesidad de vivir
aquí.
-¡Ejem, ejem!
Creo -dijo el rey- que en alguna parte del planeta vive una rata vieja;
yo la oigo por la noche. Tu podrás juzgar a esta rata vieja. La
condenarás a muerte de vez en cuando. Su vida dependería de tu
justicia y la indultarás en cada juicio para conservarla, ya que no hay
más que una.
-A mí no me
gusta condenar a muerte a nadie -dijo el principito-. Creo que me voy a
marchar.
-No -dijo el
rey.
Pero el
principito, que habiendo terminado ya sus preparativos no quiso
disgustar al viejo monarca, dijo:
-Si Vuestra
Majestad deseara ser obedecido puntualmente, podría dar una orden
razonable. Podría ordenarme, por ejemplo, partir antes de un minuto. Me
parece que las condiciones son favorables...
Como el rey no
respondiera nada, el principito vaciló primero y con un suspiro
emprendió la marcha.
-¡Te nombro mi
embajador! -se apresuró a gritar el rey. Tenía un aspecto de gran
autoridad.
"Las
personas mayores son muy extrañas", se decía el principito para
sí mismo durante el viaje.
XI
El segundo
planeta estaba habitado por un vanidoso:
-¡Ah! ¡Ah!
¡Un admirador viene a visitarme! -Gritó el vanidoso al divisar a lo
lejos al principito.
Para los
vanidosos todos los demás hombres son admiradores.
-¡Buenos
días! -dijo el principito-. ¡Qué sombrero tan raro tiene!
-Es para
saludar a los que me aclaman -respondió el vanidoso. Desgraciadamente
nunca pasa nadie por aquí.
-¿Ah, sí?
-preguntó sin comprender el principito.
-Golpea tus
manos una contra otra -le aconsejó el vanidoso.
El principito
aplaudió y el vanidoso le saludó modestamente levantando el sombrero.
"Esto
parece más divertido que la visita al rey", se dijo para sí el
principito, que continuó aplaudiendo mientras el vanidoso volvía a
saludarle quitándose el sombrero.
A los cinco
minutos el principito se cansó con la monotonía de aquel juego.
-¿Qué hay que
hacer para que el sombrero se caiga? -preguntó el principito.
Pero el
vanidoso no le oyó. Los vanidosos sólo oyen las alabanzas.
-¿Tú me
admiras mucho, verdad? -preguntó el vanidoso al principito.
-¿Qué
significa admirar?
-Admirar
significa reconocer que yo soy el hombre más bello, el mejor vestido,
el más rico y el más inteligente del planeta.
-¡Si tú
estás solo en tu planeta!
-¡Hazme ese
favor, admírame de todas maneras!
-¡Bueno! Te
admiro -dijo el principito encogiéndose de hombros-, pero ¿para qué
te sirve?
Y el principito
se marchó.
"Decididamente,
las personas mayores son muy extrañas", se decía para sí el
principito durante su viaje.
XII
El planeta
siguiente estaba habitado por un bebedor. Fue una visita muy corta, pues
hundió al principito en una gran melancolía.
-¿Qué
haces ahí? -preguntó al bebedor que estaba sentado en silencio ante un
sinnúmero de botellas vacías y otras tantas botellas llenas.
-¡Bebo!
-respondió el bebedor con tono lúgubre.
-¿Por qué
bebes? -volvió a preguntar el principito.
-Para olvidar.
-¿Para olvidar
qué? -inquirió el principito ya compadecido.
-Para olvidar
que siento vergüenza -confesó el bebedor bajando la cabeza.
-¿Vergüenza
de qué? -se informó el principito deseoso de ayudarle.
-¡Vergüenza
de beber! -concluyó el bebedor, que se encerró nueva y definitivamente
en el silencio.
Y el
principito, perplejo, se marchó.
"No hay la
menor duda de que las personas mayores son muy extrañas", seguía
diciéndose para sí el principito durante su viaje.
XIII
El cuarto
planeta estaba ocupado por un hombre de negocios. Este hombre estaba tan
abstraído que ni siquiera levantó la cabeza a la llegada del
principito.
-¡Buenos
días! -le dijo éste-. Su cigarro se ha apagado.
-Tres y dos
cinco. Cinco y siete doce. Doce y tres quince. ¡Buenos días! Quince y
siete veintidós. Veintidós y seis veintiocho. No tengo tiempo de
encenderlo. Veintiocho y tres treinta y uno. ¡Uf! Esto suma quinientos
un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y uno.
-¿Quinientos
millones de qué?
-¿Eh? ¿Estás
ahí todavía? Quinientos millones de... ya no sé... ¡He trabajado
tanto! ¡Yo soy un hombre serio y no me entretengo en tonterías! Dos y
cinco siete...
-¿Quinientos
millones de qué? -volvió a preguntar el principito, que nunca en su
vida había renunciado a una pregunta una vez que la había formulado.
El hombre de
negocios levantó la cabeza:
-Desde hace
cincuenta y cuatro años que habito este planeta, sólo me han molestado
tres veces. La primera, hace veintidós años, fue por un abejorro que
había caído aquí de Dios sabe dónde. Hacía un ruido insoportable y
me hizo cometer cuatro errores en una suma. La segunda vez por una
crisis de reumatismo, hace once años. Yo no hago ningún ejercicio,
pues no tengo tiempo de callejear. Soy un hombre serio. Y la tercera
vez... ¡la tercera vez es ésta! Decía, pues, quinientos un
millones...
-¿Millones de
qué?
El hombre de
negocios comprendió que no tenía ninguna esperanza de que lo dejaran
en paz.
-Millones de
esas pequeñas cosas que algunas veces se ven en el cielo.
-¿Moscas?
-¡No, cositas
que brillan!
-¿Abejas?
-No. Unas
cositas doradas que hacen desvariar a los holgazanes. ¡Yo soy un hombre
serio y no tengo tiempo de desvariar!
-¡Ah!
¿Estrellas?
-Eso es.
Estrellas.
-¿Y qué haces
tú con quinientos millones de estrellas?
-Quinientos un
millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y uno. Yo soy un
hombre serio y exacto.
-¿Y qué haces
con esas estrellas? -¿Que qué hago con ellas?
-Sí.
-Nada. Las
poseo.
-¿Que las
estrellas son tuyas?
-Sí.
-Yo he visto un
rey que...
-Los reyes no
poseen nada... Reinan. Es muy diferente.
-¿Y de qué te
sirve poseer las estrellas?
-Me sirve para
ser rico.
-¿Y de qué te
sirve ser rico?
-Me sirve para
comprar más estrellas si alguien las descubre.
"Este, se
dijo a sí mismo el principito, razona poco más o menos como mi
borracho".
No obstante le
siguió preguntando :
-¿Y cómo es
posible poseer estrellas?
-¿De quién
son las estrellas? -contestó punzante el hombre de negocios.
-No sé. . . De
nadie.
-Entonces son
mías, puesto que he sido el primero a quien se le ha ocurrido la idea.
-¿Y eso basta?
-Naturalmente.
Si te encuentras un diamante que nadie reclama, el diamante es tuyo. Si
encontraras una isla que a nadie pertenece, la isla es tuya. Si eres el
primero en tener una idea y la haces patentar, nadie puede aprovecharla:
es tuya. Las estrellas son mías, puesto que nadie, antes que yo, ha
pensado en poseerlas.
-Eso es verdad
-dijo el principito- ¿y qué haces con ellas?
-Las
administro. Las cuento y las recuento una y otra vez -contestó el
hombre de negocios-. Es algo difícil. ¡Pero yo soy un hombre serio!
El principito
no quedó del todo satisfecho.
-Si yo tengo
una bufanda, puedo ponérmela al cuello y llevármela. Si soy dueño de
una flor, puedo cortarla y llevármela también. ¡Pero tú no puedes
llevarte las estrellas!
-Pero puedo
colocarlas en un banco.
-¿Qué quiere
decir eso?
-Quiere decir
que escribo en un papel el número de estrellas que tengo y guardo bajo
llave en un cajón ese papel.
-¿Y eso es
todo?
-¡Es
suficiente!
"Es
divertido", pensó el principito. "Es incluso bastante
poético. Pero no es muy serio".
El principito
tenía sobre las cosas serias ideas muy diferentes de las ideas de las
personas mayores.
-Yo -dijo aún-
tengo una flor a la que riego todos los días; poseo tres volcanes a los
que deshollino todas las semanas, pues también me ocupo del que está
extinguido; nunca se sabe lo que puede ocurrir. Es útil, pues, para mis
volcanes y para mi flor que yo las posea. Pero tú, tú no eres nada
útil para las estrellas...
El hombre de
negocios abrió la boca, pero no encontró respuesta.
El principito
abandonó aquel planeta.
"Las
personas mayores, decididamente, son extraordinarias", se decía a
sí mismo con sencillez durante el viaje.
XIV
El quinto
planeta era muy curioso. Era el más pequeño de todos, pues apenas
cabían en él un farol y el farolero que lo habitaba. El principito no
lograba explicarse para qué servirían allí, en el cielo, en un
planeta sin casas y sin población un farol y un farolero. Sin embargo,
se dijo a sí mismo:
"Este
hombre, quizás, es absurdo. Sin embargo, es menos absurdo que el rey,
el vanidoso, el hombre de negocios y el bebedor. Su trabajo, al menos,
tiene sentido. Cuando enciende su farol, es igual que si hiciera nacer
una estrella más o una flor y cuando lo apaga hace dormir a la flor o a
la estrella. Es una ocupación muy bonita y por ser bonita es
verdaderamente útil".
Cuando llegó
al planeta saludó respetuosamente al farolero:
-¡Buenos
días! ¿Por qué acabas de apagar tu farol?
-Es la consigna
-respondió el farolero-. ¡Buenos días!
-¿Y qué es la
consigna?
-Apagar mi
farol. ¡Buenas noches! Y encendió el farol.
-¿Y por qué
acabas de volver a encenderlo?
-Es la
consigna.
-No lo
comprendo -dijo el principito.
-No hay nada
que comprender -dijo el farolero-. La consigna es la consigna. ¡Buenos
días!
Y apagó su
farol.
Luego se
enjugó la frente con un pañuelo de cuadros rojos.
-Mi trabajo es
algo terrible. En otros tiempos era razonable; apagaba el farol por la
mañana y lo encendía por la tarde. Tenía el resto del día para
reposar y el resto de la noche para dormir.
-¿Y luego
cambiaron la consigna?
-Ese es el
drama, que la consigna no ha cambiado -dijo el farolero-. El planeta
gira cada vez más de prisa de año en año y la consigna sigue siendo
la misma.
-¿Y entonces?
-dijo el principito.
-Como el
planeta da ahora una vuelta completa cada minuto, yo no tengo un segundo
de reposo. Enciendo y apago una vez por minuto.
-¡Eso es raro!
¡Los días sólo duran en tu tierra un minuto!
-Esto no tiene
nada de divertido -dijo el farolero-. Hace ya un mes que tú y yo
estamos hablando.
-¿Un mes?
-Sí, treinta
minutos. ¡Treinta días! ¡Buenas noches!
Y volvió a
encender su farol.
El principito
lo miró y le gustó este farolero que tan fielmente cumplía la
consigna. Recordó las puestas de sol que en otro tiempo iba a buscar
arrastrando su silla. Quiso ayudarle a su amigo.
-¿Sabes? Yo
conozco un medio para que descanses cuando quieras...
-Yo quiero
descansar siempre -dijo el farolero.
Se puede ser a
la vez fiel y perezoso.
El principito
prosiguió:
-Tu planeta es
tan pequeño que puedes darle la vuelta en tres zancadas. No tienes que
hacer más que caminar muy lentamente para quedar siempre al sol. Cuando
quieras descansar, caminarás... y el día durará tanto tiempo cuanto
quieras.
-Con eso no
adelanto gran cosa -dijo el farolero-, lo que a mí me gusta en la vida
es dormir.
-No es una
suerte -dijo el principito.
-No, no es una
suerte -replicó el farolero-. ¡Buenos días!
Y apagó su
farol.
Mientras el
principito proseguía su viaje, se iba diciendo para sí: "Este
sería despreciado por los otros, por el rey, por el vanidoso, por el
bebedor, por el hombre de negocios. Y, sin embargo, es el único que no
me parece ridículo, quizás porque se ocupa de otra cosa y no de sí
mismo. Lanzó un suspiro de pena y continuó diciéndose:
"Es el
único de quien pude haberme hecho amigo. Pero su planeta es demasiado
pequeño y no hay lugar para dos... "
Lo que el
principito no se atrevía a confesarse, era que la causa por la cual
lamentaba no quedarse en este bendito planeta se debía a las mil
cuatrocientas cuarenta puestas de sol que podría disfrutar cada
veinticuatro horas.
XV
El sexto
planeta era diez veces más grande. Estaba habitado por un anciano que
escribía grandes libros.
-¡Anda, un
explorador! -exclamó cuando divisó al principito.
Este se
sentó sobre la mesa y reposó un poco. ¡Había viajado ya tanto!
-¿De dónde
vienes tú? -le preguntó el anciano.
-¿Qué libro
es ese tan grande? -preguntó a su vez el principito-. ¿Qué hace usted
aquí?
-Soy geógrafo
-dijo el anciano.
-¿Y qué es un
geógrafo?
-Es un sabio
que sabe donde están los mares, los ríos, las ciudades, las montañas
y los desiertos.
-Eso es muy
interesante -dijo el principito-. ¡Y es un verdadero oficio!
Dirigió una
mirada a su alrededor sobre el planeta del geógrafo; nunca había visto
un planeta tan majestuoso.
-Es muy hermoso
su planeta. ¿Hay océanos aquí?
-No puedo
saberlo -dijo el geógrafo.
-¡Ah! (El
principito se sintió decepcionado). ¿Y montañas?
-No puedo
saberlo -repitió el geógrafo.
-¿Y ciudades,
ríos y desiertos?
-Tampoco puedo
saberlo.
-¡Pero usted
es geógrafo!
-Exactamente
-dijo el geógrafo-, pero no soy explorador, ni tengo exploradores que
me informen. El geógrafo no puede estar de acá para allá contando las
ciudades, los ríos, las montañas, los océanos y los desiertos; es
demasiado importante para deambnlar por ahí. Se queda en su despacho y
allí recibe a los exploradores. Les interroga y toma nota de sus
informes. Si los informes de alguno de ellos le parecen interesantes,
manda hacer una investigación sobre la moralidad del explorador.
-¿Para qué?
-Un explorador
que mintiera sería una catástrofe para los libros de geografía. Y
también lo sería un explorador que bebiera demasiado.
-¿Por qué?
-preguntó el principito.
-Porque los
borrachos ven doble y el geógrafo pondría dos montañas donde sólo
habría una.
-Conozco a
alguien -dijo el principito-, que sería un mal explorador.
-Es posible.
Cuando se está convencído de que la moralidad del explorador es buena,
se hace una investigación sobre su descubrimiento.
-¿ Se va a
ver?
-No, eso sería
demasiado complicado. Se exige al explorador que suministre pruebas. Por
ejemplo, si se trata del descubrimiento de una gran montaña, se le pide
que traiga grandes piedras.
Súbitamente el
geógrafo se sintió emocionado:
-Pero... ¡tú
vienes de muy lejos! ¡Tú eres un explorador! Vas a describirme tu
planeta.
Y el geógrafo
abriendo su regístro afiló su lápiz. Los relatos de los exploradores
se escriben primero con lápiz. Se espera que el explorador presente sus
pruebas para pasarlos a tinta.
-¿Y bien?
-interrogó el geógrafo.
-¡Oh! Mi
tierra -dijo el principito- no es interesante, todo es muy pequeño.
Tengo tres volcanes, dos en actividad y uno extinguido; pero nunca se
sabe...
-No, nunca se
sabe -dijo el geógrafo.
-Tengo también
una flor.
-De las flores
no tomamos nota.
-¿Por qué?
¡Son lo más bonito!
-Porque las
flores son efímeras.
-¿Qué
significa "efímera"?
-Las
geografías -dijo el geógrafo- son los libros más preciados e
interesantes; nunca pasan de moda. Es muy raro que una montaña cambie
de sitio o que un océano quede sin agua. Los geógrafos escribimos
sobre cosas eternas.
-Pero los
volcanes extinguidos pueden despertarse -interrumpió el principito-.
¿Qué significa "efímera"?
-Que los
volcanes estén o no en actividad es igual para nosotros. Lo interesante
es la montaña que nunca cambia.
-Pero, ¿qué
significa "efímera"? -repitió el principito que en su vida
había renunciado a una pregunta una vez formulada.
-Significa que
está amenazado de próxima desaparición.
-¿Mi flor
está amenazada de desaparecer próximamente?
-Indudablemente.
"Mi flor
es efímera -se dijo el principito- y no tiene más que cuatro espinas
para defenderse contra el mundo. ¡Y la he dejado allá sola en mi
casa!" Por primera vez se arrepintió de haber dejado su planeta,
pero bien pronto recobró su valor.
-¿Qué me
aconseja usted que visite ahora? -preguntó.
-La Tierra -le
contestó el geógrafo-. Tiene muy buena reputación...
Y el principito
partió pensando en su flor.
XVI
El séptimo
planeta fue, por consiguiente, la Tierra.
¡La Tierra no
es un planeta cualquiera! Se cuentan en él ciento once reyes (sin
olvidar, naturalmente, los reyes negros), siete mil geógrafos,
novecientos mil hombres de negocios, siete millones y medio de
borrachos, trescientos once millones de vanidosos, es decir, alrededor
de dos mil millones de personas mayores.
Para darles una
idea de las dimensiones de la Tierra yo les diría que antes de la
invención de la electricidad había que mantener sobre el conjunto de
los seis continentes un verdadero ejército de cuatrocientos sesenta y
dos mil quinientos once faroleros.
Vistos desde
lejos, hacían un espléndido efecto. Los movimientos de este ejército
estaban regulados como los de un ballet de ópera. Primero venía el
turno de los faroleros de Nueva Zelandia y de Australia. Encendían sus
faroles y se iban a dormir. Después tocaba el turno en la danza a los
faroleros de China y Siberia, que a su vez se perdían entre bastidores.
Luego seguían los faroleros de Rusia y la India, después los de Africa
y Europa y finalmente, los de América del Sur y América del Norte.
Nunca se equivocaban en su orden de entrada en escena. Era grandioso.
Solamente el
farolero del único farol del polo norte y su colega del único farol
del polo sur, llevaban una vida de ociosidad y descanso. No trabajaban
más que dos veces al año.
XVII
Cuando se
quiere ser ingenioso, sucede que se miente un poco. No he sido muy
honesto al hablar de los faroleros y corro el riesgo de dar una falsa
idea de nuestro planeta a los que no lo conocen. Los hombres ocupan muy
poco lugar sobre la Tierra. Si los dos mil millones de habitantes que la
pueblan se pusieran de pie y un poco apretados, como en un mitin,
cabrían fácilmente en una plaza de veinte millas de largo por veinte
de ancho. La humanidad podría amontonarse sobre el más pequeño islote
del Pacífico.
Las personas
mayores no les creerán, seguramente, pues siempre se imaginan que
ocupan mucho sitio. Se creen importantes como los baobabs. Les dirán,
pues, que hagan el cálculo; eso les gustará ya que adoran las cifras.
Pero no es necesario que pierdan el tiempo inútilmente, puesto que
tienen confianza en mí.
El principito,
una vez que llegó a la Tierra, quedó sorprendido de no ver a nadie.
Tenía miedo de haberse equivocado de planeta, cuando un anillo de color
de luna se revolvió en la arena.
-¡Buenas
noches! -dijo el principito.
-¡Buenas
noches! -dijo la serpiente.
-¿Sobre qué
planeta he caído? -preguntó el principito.
-Sobre la
Tierra, en África -respondió la serpiente.
-¡Ah! ¿Y no
hay nadie sobre la Tierra?
-Esto es el
desierto. En los desiertos no hay nadie. La Tierra es muy grande -dijo
la serpiente.
El principito
se sentó en una piedra y elevó los ojos al cielo.
-Yo me pregunto
-dijo- si las estrellas están encendidas para que cada cual pueda un
día encontrar la suya. Mira mi planeta; está precisamente encima de
nosotros... Pero... ¡qué lejos está!
-Es muy bella
-dijo la serpiente-. ¿Y qué vienes tú a hacer aquí?
-Tengo
problemas con una flor -dijo el principito.
-¡Ah!
Y se callaron.
-¿Dónde
están los hombres? -prosiguió por fin el principito. Se está un poco
solo en el desierto...
-También se
está solo donde los hombres -afirmó la serpiente.
El principito
la miró largo rato y le dijo: -Eres un bicho raro, delgado como un
dedo...
-Pero soy más
poderoso que el dedo de un rey -le interrumpió la serpiente.
El principito
sonrió:
-No me pareces
muy poderoso... ni siquiera tienes patas... ni tan siquiera puedes
viajar...
-Puedo llevarte
más lejos que un navío -dijo la serpiente.
Se enroscó
alrededor del tobillo del principito como un brazalete de oro.
-Al que yo
toco, le hago volver a la tierra de donde salió. Pero tú eres puro y
vienes de una estrella...
El principito
no respondió.
-Me das
lástima, tan débil sobre esta tierra de granito. Si algún día echas
mucho de menos tu planeta, puedo ayudarte. Puedo...
-¡Oh! -dijo el
principito-. Te he comprendido. Pero ¿por qué hablas con enigmas?
-Yo los
resuelvo todos -dijo la serpiente.
Y se callaron.
XVIII
El principito
atravesó el desierto en el que sólo encontró una flor de tres
pétalos, una flor de nada.
-¡Buenos
días! -dijo el principito.
-¡Buenos
días! -dijo la flor.
-¿Dónde
están los hombres? -preguntó cortésmente el principito.
La flor, un
día, había visto pasar una caravana.
-¿Los hombres?
No existen más que seis o siete, me parece. Los he visto hace ya años
y nunca se sabe dónde encontrarlos. El viento los pasea. Les faltan las
raíces. Esto les molesta.
-Adiós -dijo
el principito.
-Adiós -dijo
la flor.
XIX
El principito
escaló hasta la cima de una alta montaña. Las únicas montañas que
él había conocido eran los tres volcanes que le llegaban a la rodilla.
El volcán extinguido lo utilizaba como taburete. "Desde una
montaña tan alta como ésta, se había dicho, podré ver todo el
planeta y a todos los hombres..." Pero no alcanzó a ver más que
algunas puntas de rocas.
-¡Buenos
días! -exclamó el principito al acaso.
-¡Buenos
días! ¡Buenos días! ¡Buenos días! -respondió el eco.
-¿Quién eres
tú? -preguntó el principito.
-¿Quién eres
tú?... ¿Quién eres tú?... ¿Quién eres tú?... -contestó el eco.
-Sed mis
amigos, estoy solo -dijo el principito.
-Estoy solo...
estoy solo... estoy solo... -repitió el eco.
"¡Qué
planeta más raro! -pensó entonces el principito-, es seco, puntiagudo
y salado. Y los hombres carecen de imaginación; no hacen más que
repetir lo que se les dice... En mi tierra tenía una flor: hablaba
siempre la primera... "
XX
Pero sucedió
que el principito, habiendo atravesado arenas, rocas y nieves,
descubrió finalmente un camino. Y los caminos llevan siempre a la
morada de los hombres.
-¡Buenos
días! -dijo.
Era un jardín
cuajado de rosas.
-¡Buenos
días! -dijeran las rosas.
El principito
las miró. ¡Todas se parecían tanto a su flor!
-¿Quiénes son
ustedes? -les preguntó estupefacto.
-Somos las
rosas -respondieron éstas.
-¡Ah!
-exclamó el principito.
Y se sintió
muy desgraciado. Su flor le había dicho que era la única de su especie
en todo el universo. ¡Y ahora tenía ante sus ojos más de cinco mil.
Todas semejantes, en un solo jardín!
Si ella viese
todo esto, se decía el principito, se sentiría vejada, tosería
muchísimo y simularía morir para escapar al ridículo. Y yo tendría
que fingirle cuidados, pues sería capaz de dejarse morir verdaderamente
para humillarme a mí también... "
Y luego
continuó diciéndose: "Me creía rico con una flor única y
resulta que no tengo más que una rosa ordinaria. Eso y mis tres
volcanes que apenas me llegan a la rodilla y uno de los cuales acaso
esté extinguido para siempre. Realmente no soy un gran príncipe...
" Y echándose sobre la hierba, el principito lloró.
XXI
Entonces
apareció el zorro:
-¡Buenos
días! -dijo el zorro.
-¡Buenos
días! -respondió cortésmente el principito que se volvió pero no
vió nada.
-Estoy aquí,
bajo el manzano -díjo la voz.
-¿Quién eres
tú? -preguntó el principito-. ¡Qué bonito eres!
-Soy un zorro
-dijo el zorro.
-Ven a jugar
conmigo -le propuso el principito-, ¡estoy tan triste!
-No puedo jugar
contigo -dijo el zorro-, no estoy domesticado.
-¡Ah, perdón!
-dijo el principito.
Pero
después de una breve reflexión, añadió:
-¿Qué
significa "domesticar"?
-Tú no eres de
aquí -dijo el zorro- ¿qué buscas?
-Busco a los
hombres -le respondió el principito-. ¿Qué significa
"domesticar"?
-Los hombres
-dijo el zorro- tienen escopetas y cazan. ¡Es muy molesto! Pero
también crían gallinas. Es lo único que les interesa. ¿Tú buscas
gallinas?
-No -díjo el
principito-. Busco amigos. ¿Qué significa "domesticar"?
-volvió a preguntar el principito.
-Es una cosa ya
olvidada -dijo el zorro-, significa "crear vínculos... "
-¿Crear
vínculos?
-Efectivamente,
verás -dijo el zorro-. Tú no eres para mí todavía más que un
muchachito igual a otros cien mil muchachitos y no te necesito para
nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un
zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si tú me domesticas,
entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único
en el mundo, yo seré para ti único en el mundo...
-Comienzo a
comprender -dijo el principito-. Hay una flor... creo que ella me ha
domesticado...
-Es posible
-concedió el zorro-, en la Tierra se ven todo tipo de cosas.
-¡Oh, no es en
la Tierra! -exclamó el principito.
El zorro
pareció intrigado:
-¿En otro
planeta?
-Sí.
-¿Hay
cazadores en ese planeta?
-No.
-¡Qué
interesante! ¿Y gallinas?
-No.
-Nada es
perfecto -suspiró el zorro.
Y después
volviendo a su idea:
-Mi vida es muy
monótona. Cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las
gallinas se parecen y todos los hombres son iguales; por consiguiente me
aburro un poco. Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sól.
Conoceré el rumor de unos pasos diferentes a todos los demás. Los
otros pasos me hacen esconder bajo la tierra; los tuyos me llamarán
fuera de la madriguera como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves allá
abajo los campos de trigo? Yo no como pan y por lo tanto el trigo es
para mí algo inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada y eso me
pone triste. ¡Pero tú tienes los cabellos dorados y será algo
maravilloso cuando me domestiques! El trigo, que es dorado también,
será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo.
El zorro se
calló y miró un buen rato al principito:
-Por favor...
domestícame -le dijo.
-Bien quisiera
-le respondió el principito pero no tengo mucho tiempo. He de buscar
amigos y conocer muchas cosas.
-Sólo se
conocen bien las cosas que se domestican -dijo el zorro-. Los hombres ya
no fienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho en las tiendas.
Y como no hay tiendas donde vendan amigos, los hombres no tienen ya
amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!
-¿Qué debo
hacer? -preguntó el príncipito.
-Debes tener
mucha paciencia -respondió el zorro-. Te sentarás al principio ún
poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del
ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos.
Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca...
El principito
volvió al día siguiente.
-Hubiera sido
mejor -dijo el zorro- que vinieras a la misma hora. Si vienes, por
ejemplo, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo empezaría a ser
dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las
cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré así lo que vale la
feliçidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, nunça sabré cuándo
preparar mi corazón... Los ritos son necesarios.
-¿Qué es un
rito? -inquirió el principito.
-Es también
algo demasiado olvidado -dijo el zorro-. Es lo que hace que un día no
se parezca a otro día y que una hora sea diferente a otra. Entre los
cazadores, por ejemplo, hay un rito. Los jueves bailan con las muchachas
del pueblo. Los jueves entonces son días maravillosos en los que puedo
ir de paseo hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo,
todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.
De esta manera
el principito domesticó al zorro. Y cuando se fue acercando el día de
la partida:
-¡Ah! -dijo el
zorro-, lloraré.
-Tuya es la
culpa -le dijo el principito-, yo no quería hacerte daño, pero tú has
querido que te domestique...
-Ciertamente
-dijo el zorro.
- ¡Y vas a
llorar!, -dijo él principito.
-¡Seguro!
-No ganas nada.
-Gano -dijo el
zoro- he ganado a causa del color del trigo.
Y luego
añadió:
-Vete a
ver las rosas; comprenderás que la tuya es única en el mundo.
Volverás a decirme adiós y yo te regalaré un secreto.
El principito
se fue a ver las rosas a las que dijo:
-No son nada,
ni en nada se parecen a mi rosa. Nadie las ha domesticado ni ustedes han
domesticado a nadie. Son como el zorro era antes, que en nada se
diferenciaba de otros cien mil zorros. Pero yo le hice mi amigo y ahora
es único en el mundo.
Las rosas se
sentían molestas oyendo al principito, que continuó diciéndoles:
-Son muy
bellas, pero están vacías y nadie daría la vida por ustedes.
Cualquiera que las vea podrá creer indudablemente que mi rosa es igual
que cualquiera de ustedes. Pero ella se sabe más importante que todas,
porque yo la he regado, porque ha sido a ella a la que abrigué con el
fanal, porque yo le maté los gusanos (salvo dos o tres que se hicieron
mariposas ) y es a ella a la que yo he oído quejarse, alabarse y
algunas veces hasta callarse. Porque es mi rosa, en fin.
Y volvió con
el zorro.
-Adiós -le
dijo.
-Adiós -dijo
el zorro-. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple : sólo con
el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos.
-Lo esencial es
invisible para los ojos -repitió el principito para acordarse.
-Lo que hace
más importante a tu rosa, es el tiempo que tú has perdido con ella.
-Es el tiempo
que yo he perdido con ella... -repitió el principito para recordarlo.
-Los hombres
han olvidado esta verdad -dijo el zorro-, pero tú no debes olvidarla.
Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Tú eres
responsable de tu rosa...
-Yo soy
responsable de mi rosa... -repitió el principito a fin de recordarlo.
XXII
-¡Buenos
días! -dijo el principito.
-¡Buenos
días! -respondió el guardavías.
-¿Qué haces
aquí? -le preguntó el principito.
-Formo con los
viajeros paquetes de mil y despacho los trenes que los llevan, ya a la
derecha, ya a la izquierda.
Y un tren
rápido iluminado, rugiendo como el trueno, hizo temblar la caseta del
guardavías.
-Tienen mucha
prisa -dijo el principito-. ¿Qué buscan?
-Ni siquiera el
conductor de la locomotora lo sabe -dijo el guardavías.
Un segundo
rápido iluminado rugió en sentido inverso.
-¿Ya vuelve?
-preguntó el principito.
-No son los
mismos -contestó el guardvías-. Es un cambio.
-¿No se
sentían contentos donde estaban?
-Nunca se
siente uno contento donde está -respondió el guardavías.
Y rugió el
trueno de un tercer rápido iluminado.
-¿Van
persiguiendo a los primeros viajeros? -preguntó el principito.
-No persiguen
absolutamente nada -le dijo el guardavías-; duermen o bostezan allí
dentro. Unicamente los niños aplastan su nariz contra los vidrios.
-Unicamente los
niños saben lo que buscan -dijo el principito. Pierden el tiempo con
una muñeca de trapo que viene a ser lo más importante para ellos y si
se la quitan, lloran...
-¡Qué suerte
tienen! -dijo el guardavías.
XXIII
-¡Buenos
días! -dijo el principito.
-¡Buenos
días! -respondió el comerciante.
Era un
comerciante de píldoras perfeccionadas que quitan la sed. Se toma una
por semana y ya no se sienten ganas de beber.
-¿Por qué
vendes eso? -preguntó el principito.
-Porque con
esto se economiza mucho tiempo. Según el cálculo hecho por los
expertos, se ahorran cincuenta y tres minutos por semana.
-¿Y qué se
hace con esos cincuenta y tres minutos?
-Lo que cada
uno quiere... "
"Si yo
dispusiera de cincuenta y tres minutos -pensó el principito- caminaría
suavemente hacia una fuente..."
XXIV
Era el octavo
día de mi avería en el desierto y había escuchado la historia del
comerciante bebiendo la última gota de mi provisión de agua.
-¡Ah -le dije
al principito-, son muy bonitos tus cuentos, pero yo no he reparado mi
avión, no tengo nada para beber y sería muy feliz si pudiera irme muy
tranquilo en busca de una fuente!
-Mi amigo el
zorro..., me dijo...
-No se trata
ahora del zorro, muchachito...
-¿Por qué?
-Porque nos
vamos a morir de sed...
No comprendió
mi razonamiento y replicó:
-Es bueno haber
tenido un amigo, aún si vamos a morir. Yo estoy muy contento de haber
tenido un amigo zorro.
"Es
incapaz de medir el peligro -me dije - Nunca tiene hambre ni sed y un
poco de sol le basta..."
El principito
me miró y respondió a mi pensamiento:
-Tengo sed
también... vamos a buscar un pozo...
Tuve un gesto
de cansancio; es absurdo buscar un pozo, al azar, en la inmensidad del
desierto. Sin embargo, nos pusimos en marcha.
Después de dos
horas de caminar en silencio, cayó la noche y las estrellas comenzaron
a brillar. Yo las veía como en sueño, pues a causa de la sed tenía un
poco de fiebre. Las palabras del principito danzaban en mi mente.
-¿Tienes sed,
tú también? -le pregunté. Pero no respondió a mi pregunta,
diciéndome simplemente:
-El agua puede
ser buena también para el corazón...
No comprendí
sus palabras, pero me callé; sabía muy bien que no había que
interrogarlo.
El principito
estaba cansado y se sentó; yo me senté a su lado y después de un
silencio me dijo:
-Las estrellas
son hermosas, por una flor que no se ve...
Respondí
"seguramente" y miré sin hablar los pliegues que la arena
formaba bajo la luna.
-El desierto es
bello -añadió el principito.
Era verdad;
siempre me ha gustado el desierto. Puede uno sentarse en una duna, nada
se ve, nada se oye y sin embargo, algo resplandece en el silencio...
-Lo que más
embellece al desierto -dijo el principito- es el pozo que oculta en
algún sitio...
Me quedé
sorprendido al comprender súbitamente ese misterioso resplandor de la
arena. Cuando yo era niño vivía en una casa antigua en la que, según
la leyenda, había un tesoro escondido. Sin duda que nadie supo jamás
descubrirlo y quizás nadie lo buscó, pero parecía toda encantada por
ese tesoro. Mi casa ocultaba un secreto en el fondo de su corazón...
-Sí -le dije
al principito- ya se trate de la casa, de las estrellas o del desierto,
lo que les embellece es invisible.
-Me gusta -dijo
el principito- que estés de acuerdo con mi zorro.
Como el
principito se dormía, lo tomé en mis brazos y me puse nuevamente en
camino. Me sentía emocionado llevando aquel frágil tesoro, y me
parecía que nada más frágil había sobre la Tierra. Miraba a |